“¿Has oído lo de Letizia y Pedro Sánchez?” Una semana en el Madrid de los chismorreos

Escena primera: “Mañana se va a publicar un escándalo sexual de un personaje español muy conocido…”. Si cada vez que he escuchado esta frase los últimos meses, me hubiera tomado un chupito, necesitaría un trasplante de hígado… O la clásica confidencia que te confirman varias fuentes con todo tipo de detalles —contradictorios entre sí, eso sí— pero no se llega a publicar nunca…. ¿Mano negra o rumor sin fundamento?

Escena segunda: Francisco Granados, ex secretario general del PP de Madrid, mete la rajada de su vida en sede judicial, detalles sexuales sobre antiguos compañeros de partido incluidos… detalles que circulaban hace tiempo por la capital en forma de cuchicheos libelosos, hasta que Granados, icono pop del casticismo facineroso, los convirtió en noticia al confundir la Audiencia Nacional con la barra de un bar… y se armó la de dios…

Pregunta del millón al hilo de estas dos escenas recientes: ¿Por qué pasan estas cosas en Madrid?

El rumor puede ser la antesala de la noticia, pero también la antesala del panfleto más disparatado

Lo dijo José María García: “El rumor es la antesala de la noticia”. ¿Lo es? Pues sí y no. Puede ser la antesala de la noticia… o del panfleto más disparatado. Lo que está claro es que casi todos los rumores importantes nacen, crecen y se reproducen en Madrid, el gran mercado nacional de los rumores (con tres plantas: una para los infundios, otra para las verdades a medias y la última para las exclusivas reales).

Un mercado que está detrás de muchas informaciones confidenciales, un decorado difuso, disperso y opaco que no es fácil de describir, pero que existe y podemos situar en un mapa: transcurre en una parte concreta de Madrid, la almendra central, lo que está dentro de la autopista de circunvalación de la M-30, donde vive menos de un millón de habitantes (menos de un tercio de la población de la capital), pero donde se apiña el poder en todas sus formas: los ministerios, los partidos políticos, las multinacionales, el ‘show business’, los grandes medios de comunicación, los palcos de los equipos de fútbol de Primera División, las sedes judiciales, los reservados de los restaurantes… y por donde pulula una turbamulta de profesionales, civiles y periodistas prestos a cotillear como si les fuera la vida en ello.

Los mentideros

Cuando una información viene avalada por la coletilla “según los mentideros de la capital”, échese usted a temblar. Los “mentideros” son el ‘crack’ de las fuentes informativas: un material que te pone loco un ratito… y te deja el cerebro pulverizado un ‘ratazo’. Si nos ponemos estrictos, el significado de “los mentideros” sería: “He oído algo en el bar que no tengo manera de comprobar, pero que publico por si suena la flauta, y si no es verdad, pues al menos nos hemos divertido”. Pero aunque los mentideros anden cortos de credibilidad, de Historia van sobrados: en estos lugares se inventó el Madrid de los chismorreos en el Siglo de Oro, cuando el periodismo iba de boca en boca —los periódicos eran mensuales— y había que salir a las plazas para enterarse de algo. Dos de los grandes mentideros hasta el siglo XVIII fueron: 1) Las Losas de Palacio (frente al antiguo Alcázar de los Austrias, donde ahora está el Palacio Real), con toda la información política (o lo que fuera) sobre la Villa y Corte. 2) Las Gradas de San Felipe (Puerta del Sol), donde se comentaban los últimos cuchicheos sobre América.

Los libelos de la Reina

La localización geográfica del mercado del rumor en Madrid nos llega cortesía de Ana Romero (Cádiz, 1966), periodista de referencia sobre la fontanería real desde que publicó ‘Final de partida’, superventas sobre la caída de Juan Carlos I. Su último libro —’El rey ante el espejo’ (La Esfera de los Libros, 2018), sobre el reinado de Felipe VI— tiene como paisaje de fondo el Madrid del chismorreo, la exclusiva y la conspiración. “Yo lo llamó almendra central, aunque históricamente se le ha llamado también la corte, o la Villa y Corte. El caso es que existe. Es el centro histórico de una capital bastante pequeña comparada con otras capitales occidentales como Londres o París”, cuenta Romero, con la que quedamos una mañana frente al Palacio Real, en el Café de Oriente, localización ideal para el runrún, como avala la historia: fue el primer café madrileño (mitad del siglo XIX) en el que uno podía leer el periódico mientras desayunaba (eso que entonces se llamó afrancesamiento; luego, estar bien informado; y ahora, “abuelo, tire ese periódico a la papelera y cómprense un móvil con Twitter, haga el favor”).

En la almendra central madrileña, a veces se adelantan las informaciones, pero otras veces se exageran, y se mezclan verdades con mentiras

Romero analiza en su libro alguno de los muchos chismes que circulan sobre la reina Letizia por “los mentideros” de la capital. Por ejemplo, la presunta amistad juvenil de Letizia con Pedro Sánchez, líder del PSOE. “La historia, que se multiplicó a la enésima potencia por los corrillos de la maledicencia, hizo estragos en la almendra central de Madrid en 2016″, escribe Romero. Contexto: era la época de la investidura fallida de Rajoy, cuando cierta derecha tenía la paranoia de que Letizia estaba maniobrando en favor de Pedro Sánchez.

He aquí una de esas historias que nadie sabe muy bien cómo surgen, pero que son muy complicadas de frenar, porque un desmentido no haría más que extender el bulo. “¿Cómo lo desactivas? A todos nos acabó llegando y se convirtió en un lugar común absoluto, y aunque no era cierto, no puedes hacer un desmentido. Letizia es un producto inigualable como objeto de chisme. Demasiado buena para ser realidad. Hay que tener mucho cuidado con lo que te cuentan: en la almendra central la gente afirma las cosas con absoluta seguridad y contundencia. Mañana pueden decir que yo como perro crudo todas las mañanas para desayunar, y ponte tú a comprobar si es cierto o no” (dato: estoy desayunando con Ana Romero y no está comiendo perro crudo; si ha venido desayunada de casa, eso ya se me escapa…).

Tengo aquí una lista con los 300 nombres que pitan en Madrid. Son las personas que necesito conocer y tratar

Lo de que Madrid es una capital “pequeña” no es asunto menor. Cuenta Ana Romero que los diplomáticos extranjeros se dan cuenta enseguida de que esto es un pueblo, con todo lo que supone para conseguir y compartir información. “Un embajador americano me dijo en los años noventa: ‘Ana, tengo aquí una lista con los 300 nombres que pitan en Madrid. Son las 300 personas que necesito conocer y tratar’. No eran muchas personas, según él. Algunos han entrado y otros han salido de esa lista desde entonces, pero el número no creo que haya variado mucho”.

Cuando uno quiere acceder a información sobre la Casa Real, “tiene que estar ahí”, atenta a las conversaciones y confidencias de esas 300 personas. Y quien dice información real, dice información a secas. “Hay distintas capas de información circulando sobre la corte: una capa rosa, otra capa generada por internet y las redes sociales, que a veces es un poco destructiva, y la capa tradicional de la almendra central madrileña, donde a veces se adelantan las informaciones, pero otras veces se exageran, y donde se mezclan verdades con mentiras. Para un periodista que trata de acercarse a la verdad, se trata de un Madrid muy importante: el de los restaurantes y los reservados. Cuando eres de fuera, como es mi caso, es un lugar fascinante y único: no existe algo similar en el resto de ciudades de España porque, obviamente, el gran poder está en Madrid”.

La Infanta Cristina, don Juan Carlos, Udangarin, Allen de Jesús Sanginés y Corinna en los premios Laureus de 2006. (Gtres)La Infanta Cristina, don Juan Carlos, Udangarin, Allen de Jesús Sanginés y Corinna en los premios Laureus de 2006. (Gtres)

La bomba a los postres

“A veces se adelantan las informaciones”. Esta frase de Romero es clave para entender el valor del mercado madrileño del rumor: La periodista Raquel Peláez nos cuenta una anécdota de traca sobre la capacidad de la almendra central para adelantarse a la actualidad (es decir, a la publicación de una noticia): Madrid, principios de esta década, cena de varios periodistas jóvenes y no especialmente influyentes. Entre los comensales, la amiga del hijo de un currante de un círculo muy cercano al Rey, que suelta la siguiente bomba a los postres: el Rey tiene una amante extranjera que vive en una casa en El Pardo junto al complejo de Zarzuela. Los presentes se quedaron a cuadros al escuchar esto, sin saber si meterlo en el cajón de las leyendas urbanas o no.

Esto sucedió unos años antes de que España conociera que Juan Carlos I tenía una amiga íntima llamada Corinna con la que cazaba elefantes en África. Todo lo que se contó ese día sobre el ‘affair’, resultó ser cierto; bueno, casi todo: también se contó alguna cosa que aún no se ha confirmado…

Portada.Portada.

Raquel Peláez (Ponferrada, 1978) es redactora jefe de la web de ‘Vanity Fair’ y autora de un pintoresco ensayo sobre la capital: ‘Quemad Madrid’ (Libros del K.O., 2014). Con un radar para detectar los cruces entre información y costumbrismo, Peláez nos cita una noche en un café de “ambiente selecto” en Almagro: el Gaudí, a tiro de piedra de la sede del PP, de la Audiencia Nacional y del, ejem, Museo de Cera, donde los grandes personajes de la Historia observan atónitos como los madrileños seguimos cotilleando 24/7.

Peláez tiene dos sugerentes teorías sobre las fugas de información en Madrid (perdón, en Rumorópolis): el mercado del rumor no solo funciona de arriba abajo, sino también de abajo arriba, debido a la resistencia del interclasismo a batirse en retirada ante la ofensiva de la exclusividad pija.

Resumiendo: el Madrid del Poder es una pequeña ciudad dentro de la ciudad en la que trabajan cientos de personajes anónimos —”los que hacen el trabajo sucio”— que “cada noche salen de ahí para volver a sus casas en el Madrid civil, donde hablan con sus semejantes, generando pequeñas fugas de información. Son los chóferes, los de seguridad, las peluqueras de las mujeres poderosas y las peluqueras de las mujeres de los hombres poderosos”, explica Peláez.

En efecto, alguien tiene que hacer el trabajo sucio en este pueblo: alguien tiene que tirar las cañas y mantener en pie los cardados contra la ley de la gravedad (nota: Madrid es líder mundial en cardados de señoras bien). ¿Dónde se ha visto un bar o una peluquería donde no fluya la conversación y, por tanto, se generen vías de agua? “Aunque no sean filtraciones periodísticas al uso, sí son cotilleos de salón, cuando el currante [del Madrid del Poder] va al bar y comenta la jornada laboral con sus amigos”.

La mezcla interclasista genera muchas fugas de información

Que Madrid tiene un poco de ciudad paleta, un poco de ciudad castiza y un poco de ciudad popular es algo que no es tan fácil de cambiar. Como comentamos en un artículo anterior, Madrid es El Jaro atracando una gasolinera para pagarse el vicio, una familia comiendo cocido en agosto en la Casa de Campo, un Pacto de Estado firmado en secreto en un reservado en la Castellana, un gol de contragolpe del Atleti, un concierto de Rosendo con Los Enemigos, un pijo en moto escuchando Taburete, un contubernio de sediciosos en la cafetería Galaxia... Madrileños con acentos tan diferentes entre sí —de lo ultrapijo a lo ultramacarra— que parecen vivir no ya en ciudades diferentes, sino en galaxias diferentes…

PortadaPortada

A los de arriba, por otro lado, también les gusta mezclarse a veces con los de abajo, y no hablamos de postureo, sino de plebeyismo, como cuenta Ana Romero en ‘El rey ante el espejo’: “La infanta Elena es la figura más castiza y borbónica de esta saga, representante del plebeyismo, esa tradición tan española que se inició como reacción a las costumbres francesas de sus primeros antecesores, y que hoy comparte con su padre, Juan Carlos I, en su versión más contemporánea: tacos, toros, buena mesa y chistes”.

¿Que qué tiene que ver esto con la circulación de rumores? Pues bastante. Si nada ejemplifica mejor la división en clases que los clubs ingleses a los que solo pueden acceder sus distinguidos miembros, Madrid se sigue resistiendo al clasismo y la exclusividad típica de nuestra época: su centro de poder no es inexpugnable. “No hace falta tener mucho dinero para acceder a los lugares de ocio de los que mandan, no es raro encontrar gentes de distintas clases en esos restaurantes, bares o discotecas, hasta los sitios más exclusivos pueden ser populares. No te digo que cualquiera pueda entrar en cualquier lugar, pero sí que esto ocurre más que en otras capitales europeas, y que esta mezcla genera muchas fugas de información. Madrid sigue siendo un pueblo para algunas cosas”, resume Peláez.

La Finca (Pozuelo), la urbanización más exclusiva de Madrid, donde viven varias estrellas galácticas del fútbol, “se construyó precisamente por eso, porque en Madrid no existía un lugar donde los futbolistas y los famosos pudieran vivir completamente aislados del resto. Si Beckham hubiera vivido en La Finca en lugar de en un hotel cuando llegó al Real Madrid, igual nunca nos hubiéramos enterado de su ‘affair’ con Rebecca Loos”, zanja Peláez.

El Club de las Primeras Esposas

Se dice que cuanto más alta es la sociedad, más bajo es el chismorreo. Como si nuestra ‘beautiful people’ abrazara el plebeyismo a la hora de rajar sobre sus semejantes. No obstante, también funciona la solidaridad de clase en modo de pactos de silencio, el hoy por ti mañana por mí. Y es que, más allá de la atracción por los gustos del pueblo, todavía hay clases: el ‘affair’ entre Marta Chávarri y Alberto Cortina, con Alicia Koplowitz como invitada de piedra, fue el gran escándalo financiero/sentimental que marcó el salto de los ochenta a los noventa. Un par de años después, un difuso e informal organismo llamado El Club de las Primeras Esposas se alió para frenar la infiltración de intrusas. Las Martas Chávarris de turno no eran bien recibidas. O al menos eso se asegura en los, ejem, mentideros.

Entre susurros

Enric Juliana (Badalona, 1957) director adjunto ‘La Vanguardia’ empotrado en Madrid, es uno de nuestros cronistas políticos más finos. Por un motivo: no cuenta lo que pasa, sino por qué pasa, aporta contexto y fontanería, algo más fácil de hacer cuando uno escribe a toro pasado que cuando se maneja en la jungla periodística del día a día. Juliana, en definitiva, entiende cómo funciona el mecanismo del poder. Nos juntamos con él una tarde en la calle Zurbano, en uno de esos locales que antes se llamaban salones de té y ahora se llaman ‘bakery’. Rodeados, en cualquier caso, del Madrid que sabe cosas: los principales despachos de abogados del país, una sede del Ministerio del Interior y embajadas como la alemana están a la vuelta de la esquina. Un sitio apto, por tanto, para hablar bajito…

PREGUNTA. ¿Hay un mercado del rumor en Madrid?

Madrid es una ciudad en la que cada mañana empiezan cien conspiraciones y a medianoche solo quedan vivas dos

RESPUESTA. Las primeras impresiones siempre son las mejores. Al año de llegar a Madrid, hace unos 14 años, un periodista —que entonces era director de periódico y no era madrileño— me dijo una cosa muy simpática que se me ha quedado grabada: “Madrid es una ciudad en la que cada mañana empiezan cien conspiraciones y a medianoche solo quedan vivas dos”. Me pareció una buena descripción.

P. ¿Ocurre más o menos que en otras capitales?

R. Es cierto que esto pasa en todas las capitales políticas, y en algunas (Washington) de un modo más intenso, pero la reverberación histórica es importante. Madrid siempre ha sido una ciudad nueva, por el modo en que fue elegida capital, sobre el que circulan varias versiones, una de las cuales casa con lo que estamos hablando: cuando Felipe II decidió que quería tener una sede fija, Valladolid tenía todos los números como ciudad castellana más importante, pero los funcionarios de la corte estaban hasta las narices del clero, sobre todo del de Toledo: les gustaba Madrid porque no había sede episcopal, y por tanto, no había curia ni cuerpo administrativo eclesiástico que les molestara. La capital se fundó, por tanto, con una cierta conquista de la autonomía del poder político: vosotros en Toledo, nosotros en Madrid. Es decir, que esta ciudad ha crecido alrededor del poder político. Al que se le ha sumado el poder económico sobre todo desde la Guerra Civil. No hay un único circuito: está el político, el económico y el de los medios de comunicación, que tienen puntos de conexión. Si se lograran dibujar esas intersecciones, veríamos que los módulos principales están en un ámbito geográfico reducido, la almendra central, o lo que hay alrededor del eje de la Castellana más la Moncloa. Que la Moncloa esté fuera de la almendra central le da una peculiaridad a la ciudad…

P. De hecho, hay otra fuga periférica reciente de la almendra central: la de las sedes o ciudades del Santander, Telefónica y el BBVA.

Alrededor de Madrid hay castillos: el castillo del Rey, el castillo del Gobierno, el castillo de la Telefónica

R. Ese es un dato de Madrid que siempre me ha llamado la atención. La burbuja política se genera en la almendra, pero siempre hubo un centro de poder fuerte fuera de la ciudad. Felipe II puso aquí la capital, sí, pero caramba, se construyó El Escorial, que es una cosa esotérica, una especie de pirámide aislada. Franco se fue al Pardo. La Moncloa está extramuros. Y ahora las grandes corporaciones han creado estos castillos donde tienen a toda la tropa concentrada. Hay una dialéctica curiosa: los mensajes se van cruzando en el centro, pero alrededor de Madrid hay castillos: el castillo del Rey, el castillo del Gobierno, el castillo de la Telefónica…

P. Ahora que los rumores circulan a todo gas por las redes sociales, ¿sigue siendo tan crucial la información que adelanta la almendra central en los reservados de los restaurantes?

R. El chisme se ha socializado mucho y se ha acelerado con internet, aunque siguen existiendo circuitos reservados de intercambio de información. Incluso te diría que a mayor aceleración del chisme, mayor necesidad de verse tiene la gente que maneja información… para cotejar los chismes que circulan por ahí: “¿será verdad eso que dicen?”.

P. En una ciudad en la que en 24 horas pasamos de cien a dos conspiraciones, ¿cómo hace uno para diferenciar lo que es cierto de lo que no?

R. En mi caso, 14 años después, me sigo viendo como un ‘outsider’. He aprendido muchas cosas sobre el funcionamiento, pero no tengo aún la sensación de estar en el ajo. Ocurre que mi trabajo tiene una vertiente más interpretativa, no uso la información que circula literalmente, sino para captar la atmósfera. Hablo poco con los dirigentes políticos de primera línea. Para entender cómo están las cosas creo que es más valioso formar relaciones de confianza con gente del segundo o tercer nivel. Las relaciones con los de la primera línea son atractivas ‘a priori’, pero también son problemáticas: si llegas a tener una relación de confianza, el día que tengas que escribir algo que no les guste… la cosa se complica. Con ellos igual basta con tener un trato educado y que te conozcan, que tampoco se trata de hacerse el raro…

Vista general del Coliseo, en Roma. (EFE)Vista general del Coliseo, en Roma. (EFE)

P. Fuiste corresponsal en Italia. ¿Alguna diferencia en el modo de obtener información confidencial en Madrid y en Roma?

R. En Roma hay que partir de la base constitucional de que hay partidos fuertes, parlamento fuerte y nada de concentración de poder en un solo hombre fuerte. Hay 1.000 parlamentarios entre diputados y senadores, y están muy bien pagados, y todos tienen asesor, así que ya estamos en 2.000 políticos y asesores pululando todo el día por el centro de Roma. La floración de restaurantes alrededor del parlamento es un mundo en sí mismo. En Roma no es que empiecen cien conspiraciones cada día, es que empiezan doscientas. Te pongo un ejemplo: hacia los años sesenta o setenta, a un periodista espabilado se le ocurrió lo siguiente: publicaba cada tarde un par de hojas donde resumía todos los rumores que habían circulado ese día por el parlamento. Se llamaba ‘La Vellina’. ¡Y lo vendía dentro del parlamento! Pues bien: al cabo del tiempo, salió otra hoja volante que se llamaba ‘La Vellina Rosa’, con todos los chismes de los partidos de izquierda…

P. ¡Qué práctico!

R. Pues sí…

Las lentejas de Mona Jiménez

En el sexto piso de la calle Capitán Haya se ventilaron algunos de los chismorreos más calientes de la capital durante la Transición. Mona Jiménez era una dama peruana de la buena sociedad que invitaba a lentejas todas las semanas a una audiencia selecta: políticos de todos los partidos, periodistas, abogados, militares y bohemios. Una tertulia ‘off the record’ que duró cinco años (entre 1978 y 1983) y por la que pasaron Ramón Mendoza, Santiago Carrillo, Adolfo Suárez, Gallardón, Mújica, Miguel Boyer, los hermanos Solana o Antonio Garrigues Walker. ¿Puede haber algo más castizo que comerte unas lentejas mientras te cuentan el último chismorreo del día?

Cultura